Comimos rico y pedimos la cuenta. Terminamos de pasarnos la servilleta y llegó la cuenta. Mi amigo la vio y puso su tarjeta. Llegó el mozo y, antes de que pasara la tarjeta por el POS, mi amigo le dijo que cargara allí la propina.
Mientras esperábamos la factura, mi amigo me contó que, durante los primeros meses en la tierra del tío Tom, le costaba mucho dar propina. En su país jamás lo había hecho. Solo de pensar en los almuerzos que podría comprarse allá con ese monto, algo dentro de él se lo impedía.
Un día le preguntó a un gringo de confianza el porqué de la propina.
—¿Valoras el trabajo del mozo? —le respondió con esta pregunta.
—¡Claro! ¡Todo trabajo es digno!
—¿Aprecias el trabajo del mozo? —volvió a preguntar.
—¡Ya te dije: claro que sí!
Así recordaba la breve charla.
Hasta que, finalmente, algo se le reveló.
Dio propina la primera vez y empezó a sentirse norteamericano.
Dio propina la segunda vez y su cabeza empezó a contabilizarlo como incluido.
Dio propina la tercera vez y se volvió generoso.
Ahora no puede pagar sin agregar la propina.
—¿Por qué? —le pregunté.
—Siendo que es una forma voluntaria de poner precio al valor del servicio del mozo.
—Eso se llama generosidad —concluyó mi conciencia.
Ese noche regresé al hotel con la mAxima #69 en la cabeza.

