Caminé del mostrador hacia la puerta con esa despedida en la boca.
Mi madre, distraída entre clientes y clientes, giró la cabeza y me disparó con la mirada.
Le tomó un segundo recordar que me había dado permiso para pasar el Año Nuevo con mis amigos, y me asintió con la cabeza al mismo tiempo que entregaba el vuelto a un cliente que pagaba.
Dejé la tienda, con un logro en mi vida.
Digamos que había soñado mucho con decir lo que dije.
Fue lo más malcriado que dije sin realmente serlo.
Me sentí, por unos segundos, ya independizado de mis padres.
Ahora lo recuerdo como un mal chiste.
Como un episodio de ligereza mía para cerrar un año y empezar uno nuevo.
