Cuando vine ya a radicar a Lima, como que no tuve otra opción que congregarme en Templo Calvario, dado que los últimos cinco veranos asistí lo suficiente como para sentirlo familiar, y quien pastoreaba se había ganado mi corazón.
Los sábados estaba allí, casi siempre. Los domingos, mañana y noche, casi siempre. Y también los lunes de ensayo del coro, casi siempre.
Excepto los miércoles de oración.
Quizá por mi apretada agenda de estudiante preuniversitario. O quizá por mi baja valoración de la oración.
Hasta que un día me aparecí, y todavía algo tarde. No porque quisiera orar, sino porque la persona que me ayudaba con los dibujos para mi revista me dijo que me enseñaría un previo del dibujo en el próximo culto, y el próximo era miércoles.
Terminó el culto, y el pastor Arturo salió al frente para encargar, entre los presentes, las distintas partes del programa del próximo miércoles. Me vio a mí y, con una sonrisa cautivadora, me asignó la lectura bíblica.
¡Obviamente, acepté!
Llegó el miércoles y, en mi turno, hice la lectura bíblica lo más dinámica posible, aprovechando la ventaja de haber visto muchas formas en muchas iglesias, gracias a mi padre.
Al término del servicio, el pastor Arturo me sorprendió con otro encargo: la prédica.
¡Obviamente, acepté, como si me lo mereciera!
Los siguientes días, mis flashbacks eran sobre cómo mi padre preparaba sus mensajes y cómo los presentaba, para yo emularlo.
Hasta que llegó el día y la hora, y prediqué con toda mi alma, corazón y vida, como si tuviera mucha experiencia.
Los demás miércoles difícilmente me los perdía. Había descubierto el espacio perfecto para foguearme en el púlpito, y creo que mi pastor se puso de acuerdo con el Espíritu Santo para tal fin, pues, con no poca frecuencia, me asignaba la predicación en los miércoles de oración.
