Cada vez que me miraba al espejo, bajaba la cabeza, dándoles la razón a mis bulleadores. Tan mal me sentía que me lancé al regazo de mi madre para que me solucionara el complejo. Dada mi infancia, creía que mis padres podían hacer algo para que mi cabello luciera como el del rizado que nos visitó.
Mi padre me sugirió que pidiera al cielo tal milagro, pero al ver que no había respuesta, recurrió a una sutil estrategia. Aprovechando la asociación de “japonés = inteligente”, me cambió la perspectiva con una pregunta poderosa: ¿Has visto alguna vez un japonés crespo?
Me levantó el ánimo y me transformé al instante.
¡Me asumí japonés! Mis ojitos y cabello eran mis testigos.
Fue mi vacuna para sobrevivir en la escuela, sentirme seguro en la universidad y soportar la persecución en la iglesia.
Peor aún, cuando encontré una foto de mi padre cuando aún andaba tras mi madre; parecía hermano del actor Chow Yun-fat de Ana y el rey.
Tanto me la creí que…
Un día llegué a cierta ciudad a predicar, y la comitiva que me recogía, sin foto alguna, me encontró. ¿Cómo? “Es un chinito”, era el dato.
En otra ciudad, mientras me registraba en el hotel, el counter (también japonés) me preguntó si iría esa noche a la reunión de la comunidad.
En otros países, mis anfitriones confianzudos me presentaban como familiar del presidente japonés que alguna vez tuvimos.
Y así, otras cien anécdotas más.
Que, en cierta manera, creo, sospecho, siento… infló mi burbuja anti hostilidad exterior.
Hasta hace poco, que me explotaron la burbuja.
Fue en una plática con mis hijos sobre mis complejos y cómo los manejé. Al instante, mi niña bonita, la de cerebro agudo, me aterrizó con un comentario sesudo: “¡Papi, te han engañado! ¡Tú no eres japonés, no has sido japonés, ni nunca serás japonés!”.
Yo: ¡plop! ¡Liberado!
