
Si quieres hacer televisión, definitivamente Rubén es con quién necesitas conversar. Además de su profesionalismo y harta experiencia, es un hermano en Cristo y entiende la misión. Con ello en mente es que le pedí unos consejos, y aquí va.
Para los millennials y centennials que no saben quién eres: ¿con qué autoridad podrías responder a mis inquietudes sobre televisión?
Comencé en la radio y la televisión en 1978, cuando tenía 16 años, colaborando y creando programas para mi iglesia local en los Andes peruanos. Los primeros programas se llamaron Consultorio Matrimonial y En el Principio. El primero abordaba casos matrimoniales, con recreaciones hechas por los propios hermanos de la iglesia —todo un desafío en ese momento, debido a las limitaciones técnicas, artísticas y de conocimiento— y el segundo era una serie de documentales con aplicación evangelística. Los pastores que lideraban en ese tiempo eran verdaderos visionarios. Mi eterna gratitud a Jesús Hurtado y Tomás Pace, quienes me delegaron estas responsabilidades.
En 1984 produje y dirigí Desencadenados, una serie nacional con un elenco de primeras figuras de la televisión peruana, transmitida en horario estelar a las 9 p.m. El impacto fue tan grande que una iglesia en Arequipa decidió llamarse igual que el programa. Más adelante realicé otras producciones para Estados Unidos, creando Minuto Final junto a Cary Palmon, emitido finalmente en 21 países.
En Lima, produje una serie dramatizada de 52 capítulos de El Diario de Alicia, con Alicia Estremadoyro como anfitriona. Este programa se transmitió por Canal 13 y luego por Panamericana Televisión en horarios estelares. Para CBN International fui productor de muchos segmentos de Vida Dura, emitidos en más de dos docenas de países, gracias a la confianza de Omar Morillo.
Además, en 2003 fui pionero en educación virtual en el Perú, fundando International Virtual Systems, donde creamos el primer curso de gestión y computación a distancia dramatizando la malla curricular —es decir, aplicando técnicas cinematográficas al aprendizaje, en alianza con compañías como Microsoft, Intel y Bethel en sus inicios. Hacíamos streaming antes de que existiera Netflix.
También dirigí y conduje programas de TV como Atajo y Biznet, que abordaban tecnología y negocios cuando nadie más hablaba de eso en pantalla.
Mi mayor logro, sin embargo, no son los reconocimientos ni el tiempo al aire, sino haber sido testigo de vidas transformadas por un contenido audiovisual bien hecho y con propósito. He visto el poder de la televisión, no como espectáculo, sino como herramienta de transformación.
¿Sientes que al predicador peruano no le interesa la televisión como medio para masificar su mensaje?
En muchos casos, no le interesa… o mejor dicho, no ha terminado de entenderla. La televisión —o mejor dicho, la pantalla en general— sigue siendo vista como un lujo o un añadido, y no como una herramienta estratégica para evangelizar. Hay miedo, desconfianza, o simplemente desconocimiento.
Mientras algunos esperan que la gente venga al templo, otros ya están entrando a miles de hogares con un mensaje poderoso. Y sí, la televisión como la conocimos está mutando: hoy hablamos de convergencia de medios. Lo que antes se emitía solo por señal abierta, ahora se adapta a las redes, con ciertos ajustes, pero al final… sigue siendo contenido multimedia.
¿Qué esperas del predicador que pide que le produzcas un programa de televisión?
Espero que tenga claridad en tres cosas:
Propósito: ¿Para qué quiere estar en pantalla?
Audiencia: ¿A quién quiere llegar y cómo habla esa audiencia?
Actitud: ¿Está dispuesto a aprender?
Porque estar en TV no es solo pararse frente a una cámara. Es entender el lenguaje visual, el ritmo, la estética, la estructura y la estrategia. Si no viene con esa humildad de aprender… el programa muere antes de empezar.
¿Hay predicadores cuyos rostros son televisivos, y otros que no?
Sí, y no tiene nada que ver con belleza física. Un rostro televisivo es aquel que transmite cercanía, emoción, autenticidad. Hay predicadores que en persona son poderosos, pero en cámara se congelan. Y hay otros que, cuando los ves en pantalla, te hablan al corazón.
La televisión amplifica lo que ya hay en el espíritu de la persona. No se trata solo de “verse bien”, sino de conectar.
¿Por qué cuando los predicadores piensan en televisión, inmediatamente piensan en un solo formato: sus prédicas?
Porque es lo que conocen. El púlpito es su zona de confort. Pero la pantalla no es el púlpito: es una conversación, una historia, una experiencia sensorial.
La prédica tiene su lugar, claro. Pero… ¿por qué no entrevistas? ¿Testimonios? ¿Documentales? ¿Diálogos con jóvenes? ¿Clips musicales con mensaje?
La televisión tiene un lenguaje propio, y puede ser una poderosa extensión del mensaje del Reino… si se sabe hablar en ese idioma.
¿Cuál es el plus de un predicador entendido en televisión?
Tiene más impacto con menos palabras. Sabe usar los silencios, la mirada, la música, los planos, la edición… todo juega a favor del mensaje.
No compite con el zapping: se adapta.
No lucha contra TikTok: lo entiende.
Un predicador entendido en televisión no solo predica… comunica. Y eso lo hace diez —o mil— veces más efectivo.
¿Qué consejo de programación le darías a un predicador con canal en YouTube?
Piensa en series, no en episodios sueltos. Crea formatos cortos, pensados para consumo móvil. Segmenta tu audiencia: no le hablas igual a jóvenes que a matrimonios o padres.
Invierte en calidad. El contenido puede ser buenísimo, pero si no se ve ni se escucha bien, no conecta.
Y, sobre todo: interactúa. YouTube es una comunidad, no un púlpito digital. Escucha, responde, adapta. Aprende sobre el concepto de “ventaja diferencial”. Y recuerda: no se trata solo de estar, sino de ser relevante.
¿Cuál es el verdadero poder de la pantalla para un líder juvenil?
La pantalla es hoy el altar del mundo. Los jóvenes pasan más tiempo frente a una pantalla que frente a un líder. Si tú, como líder juvenil, no estás en esa pantalla con un mensaje claro… alguien más lo estará. Y créeme, no te va a gustar el mensaje que ellos dan.
La buena noticia es que nunca fue tan fácil llevar luz a un mundo que clama por ella. Hoy, a diferencia del ayer, la IA es una poderosa herramienta de producción. Un famoso predicador amplió su audiencia siete veces en una semana, simplemente usando traducción en otros idiomas con herramientas de IA.
Pero hay que aprender a usar esa luz… no para deslumbrar, sino para iluminar.
¡Salud con café de Chanchamayo!

Un comentario
Muy provechosa lectura. Lo que me gusto. «La pantalla de hoy es el altar del mundo» y «Piensa en series»