Dejé abruptamente mi tierra, esta vez para no volver, salvo como turista.
Tal cual, estaba vestido.
Tal cual, sin maletas
Tal cual, a media adolescencia.
Amanecí en la capital un 24 de diciembre, acompañado de mí mismo. Me esperaba una casa sola, dejada debido a la fiesta navideña, y un nuevo dormitorio, esperando llenarse de las ilusiones de un muchacho provinciano y de mis cosas personales, que prometieron enviármelo lo más inmediato posible.
Antes de que se oculte el sol, ya sabía adónde ir para pasar la Nochebuena. Me arreglé un poco y fui a una de las casas de Dios, con la ilusión de una grata velada, y mi carta secreta para abrazar y ser abrazado por nuevos hermanos y amigos: soy hijo de pastor.
Pero no.
Llegué cuando ya casi terminaba el programa de la velada. Nadie se dio cuenta del visitante que llegó. Cada quien estaba perdido en su propio grupito. Fingí que me iba para llamar la atención, y alguien corrió hacia mí para despedirme con panetón y chocolate. Regresé a casa y me quedé dormido en la silla, anhelando que alguien me toque la puerta y me diga: «Ven a mi casa en esta Navidad».
