Mi padre había enfermado, y nos separaban diez horas en bus para poder recostarme a su lado. Los días pasaban, y no se levantaba de la cama. Así que, en una de las llamadas, me hizo un pedido, casi jadeando:
—Llama a mis amigos pastores y cuéntales que estoy enfermo, que oren por mí.
—¡Enseguida! —respondí.
Colgué el teléfono y, libreta en mano, empecé a llamar a todos los que conocía y no conocía.
—El domingo tenemos ayuno en la iglesia —respondió el primero.
—Oremos ahora mismo por teléfono —reaccionó el siguiente.
—Mañana tengo reunión de pastores y oraremos por tu papá —continuó el subsiguiente.
—Hoy estoy en ayuno, así que estaré orando —dijo otro.
Y varios etcéteras más.
Mientras hacía cada llamada, recordaba uno de los secretos que mi padre nos enseñó a la hora del desayuno. Recordaba mi expectativa de niño, crédulo a la palabra de su padre, y que luego se convirtió en un gran testimonio personal sobre el poder de la «oración en acuerdo».

2 respuestas
Está historia es muy buena amigo, puntual e ilustrativa, me gustó mucho, gracias.
Pero qué bien escogió su padre a sus amigos! Gracias a Dios por los amigos, amigos.