Nunca falta una oveja tan grata por el beneficio recibido, que nos paga con una promesa fijada para algún día, si ocurre el milagro.
El más habitual es la clásica, «si el Señor me prospera, me acordaré de usted», y otras similares.
Una de las promesas que he recordado últimamente, viendo los noticieros políticos, fue: «Cuando mi hijo sea presidente, le fijará un sueldo para usted». —¿Ya entiendes por dónde voy?—.
Promesas de ese tipo, así que nunca ocurran, al menos comunican valoración y aprecio. Pero también revelan ingenuidad de cabeza e ignorancia política de corazón.
Lamento haber sigo un ignorante en la fecha de la promesa. Me perdí una oportunidad para alfabetizar políticamente a la juventud. ¡Será para la próxima!
