El arco de mi papi

Mi padre y yo
Mi padre y yo

Se dice los hijos son como flechas en la aljaba de su padre, y el mío tuvo lo propio.

Cada desayuno la cabecera del comedor era su púlpito. Abría su Biblia y nos leía algún capítulo. En vacaciones, sin perder un día; y al empezar las clases, sábados y domingos. ¡Nadie podía interrumpirnos! Si alguien llegaba, pariente o cliente, vecino o amigo, con mucho amor lo invitaba a sentarse a la mesa a escuchar La Palabra de Dios.

Por supuesto que esto me aburrió, empero mi padre lo supo manejar magistralmente. Se aprovechó de mi debilidad por la tecnología para lograr su cometido. En esos tiempos tener una radio grabadora era el mejor gadget que un niño podía tener, y mi padre me pidió que lo use para grabar sus mensajes. Yo encantado, por amor al chancho y al chicharrón, hice de mis devocionales un evento tecnológico.

Como cualquier niño quería andar pegado a mi padre, y no dudó en llevarme a su centro de trabajo, a sus reuniones, a visitar a algún cliente, o alguna reunión de pastores, alguna gira ministerial, etc. Y tan permanente fue mi presencia en sus reuniones pastorales que me pusieron de apodo el niño-presbítero. Hasta levantaba/bajaba mis manos cuando sometían a votación alguna cuestión.

Acompañarlo en sus giras por el Callejón de Huaylas era lo máximo. Unas veces viajábamos a carro, otras a caballo, y muchas a pie. ¡Qué lindo era llegar a algún pueblito! Nos esperaban como a embajadores, nos atendían como a reyes, y nos despedían como a parientes.

Por supuesto que esto también me aburrió, empero una vez más mi padre supo manejarlo. Me pidió que sea su fotógrafo oficial. Inmediatamente me avivé. Era la oportunidad para explorar todo el potencial de mi reciente Kodak.

Todas estas vivencias (y otras más…) le sirvieron a mi padre como arco para lanzarme a mi destino, y aquí estoy.

Justo Llecllish M.

Pastor, Autor, Speaker, Mentor, Blogger, Geek. —acompaño a jóvenes a reconocer su llamado, entender su llamado, y responder a su llamado.

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Anécdotas inter generacionales

El primer gringo que se cruzó en mi vida fue Walter Erickson. No tengo la menor idea de su estatura física, pero sí de su altura espiritual. Nunca lo vi caminar ni tropezar, pero conozco decenas de sus inmortalizadas anécdotas. Nunca escuché sus homilías, pero si la de sus engendros ministeriales. Todo ello gracias a la fiel y leal verbalización de mi padre.

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