La alabanza estuvo gloriosa, la coreografía apoteósica, la prédica directa a la yugular, y el ambiente sobrenatural.
El único detalle era que, faltaba cuatro dígitos pagar toda la logística. Literalmente, como dijera el colega argentino que ahora predica frente a Disneyland, ¡Dios se llevó la gloria, pero les dejó la deuda!
Terminó el evento, y el responsable mayor se retiró a su oficina. Lo único que quería hacer es tirarse al piso y llorar de frustración.
La secretaria, antes de cerrar la puerta, le dijo que un visitante quería hablar con él. Pero como el ánimo no le daba para aconsejar a nadie, pidió que deje su recado y número celular, y que se comunicaría después. Puso aldaba a la puerta, y empezó a derramar su alma en silencio.

No pasó ni un minuto, y sonó la puerta. Era la secretaria; quería dejarle el sobre que dejó el visitante.
—¡No te había dicho que no quería interrupciones por unos minutos?
—Sí, pastor. Lo que pasa es que el visitante aceptó la excusa, si yo prometía que le entregaría a usted este sobre inmediatamente.
—ok, está bien, déjalo allí.
La secretaria entró, puso el sobre en la bandeja del escritorio, y salió. Enseguida el pastor retomó su tiempo de clamor.
Al cabo de pocos minutos, ya desahogado, ya más tranquilo y más reconfortado, se tiró en su cómodo sillón de escritorio, y para cerrar bien el día, procesó la papelería de su bandeja, como revistas, folletos, sobres, afiches, oficios, etc. Al final, por orden de llegada, estaba el sobre del visitante. A su turno, al abrirla —¡oh sorpresa!— había un fajín de billetes, ¡exactamente la moneda y monto que hacía falta para no deber nada a nadie!
Salió disparado para ver si aún podía alcanzar al visitante, pero no tuvo éxito. Envió a varios voluntarios para buscarlo con las características que dio la secretaria, pero no lo encontraron. Le siguió el rastro con la ayuda de las cámaras del vecindario, y solo pudo ver una espalda, que se difuminaba cámara a cámara, hasta desaparecer por completo.
Este pastor había leído suficientemente la Biblia como para creer que fue un ángel que bajó para auxiliarlo. Pero no lo suficiente, como para conformarse con un “pudo haber” estrechado la mano a un ángel, si es que hubiera escuchado a la secretaria. O un “era que” reciba al visitante a pesar de su mal estado de ánimo.
